¡La Aventura
de Ulises: Un Viaje en Tren que no Olvidaré!
Estamos con los ensayos del próximo montaje de
"Ulises". En realidad, hace un año y dos meses ya hicimos la foto en Barcelona con David Ruano. Es decir, llevamos con
el proyecto dos años. Nada nuevo en el horizonte, otros espectáculos se han
macerado durante una década. Sí, aún estamos lejos de la voracidad consumista.
Después de irme por las ramas, vuelvo al tema.
Ayer tuvimos la prueba de vestuario en Madrid con Tatiana de Sarabia, nuestra
estilista y diseñadora. Como me estoy metiendo entre pecho y espalda treinta y
dos páginas de texto, decidí ir en tren para poder estudiar. Además, me saqué
los billetes en primera clase, sección confort. Mi sorpresa fue que el confort de
quien me sacó los billetes desde la agencia de El Corte Inglés pensaba que era
estar en uno de esos sillones en los que se comparte mesa. Y así fue.
En frente mío, un bote de cerveza a las ocho de la mañana. Detrás, un señor de no menos de cincuenta y cinco años, con el pelo teñido y unas bermudas blancas, con las que podia mostrar sus pantorrillas depiladas, y un polo de esos del caballo con ginete, en realidad quería aparentar tener veinticinco. A mi lado, un simpático caballero con su chaqueta. Sí, con chaqueta, ayer treinta y uno de julio en plena ola de calor.
El caso es que, por culpa de una señora que
necesitaba un bolígrafo y la amabilidad de mi acompañante el friolero, que amablemente le ofreció el bolígrafo que estaba utilizando, se
desencadenó una conversación entre el cincuentañero con aires adolescentes que
bebía cerveza y el friolero, un diálogo de padre y muy señor nuestro. Yo intentaba estudiar el episodio del cíclope,
pero la conversación entre ellos me distrajo enormemente ya que mediante preguntas, descubrían
quién la tenía más gorda (la cuenta bancaria, claro está).
El momentazo fue cuando el friolero dice que
facturaba siete millones de euros y yo, un juglar, pensaba: además de dinero,
tienes frío. El cincuentañero, cervecero con aires adolescentes, al oír la
cifra le echó la mano como un caballero, se levantó y fue a por otra cerveza,
supongo que había que celebrarlo. Llego con su bote en la mano y tiró el bote
vacío en la basura que estaba a mi izquierda pegado a la ventana y mi sorpresa
fue que ya no cabían más botes. Según mis cálculos visuales, se iba a chupar el
cuarto bote a las ocho y treinta y siete de la mañana. No me extraña porque,
según dijo, cobraba al mes ciento ochenta mil euros y eso es para estar
celebrándolo constantemente, el hombre estaba feliz.
Yo, que elegí confort para estudiar, no podía
abstraerme de aquella conversación de machos adinerados. Por cierto, el
friolero tenía treinta y siete años, cuatro hijos y estaba felizmente casado.
Sí, me enteré de todo. Llegamos a Madrid y, por no sé qué cosa, me preguntan a
qué me dedico. Yo, con una coleta, una camiseta desteñida, bermudas y unas
chanclas, que durante hora y media estaba intentando leer un libreto de teatro,
les espeté: "Hoy voy a hacer una prueba de vestuario para mi próxima obra,
mañana no se cual será mi vida". El cincuentañero con aires adolescentes,
después de cuatro cervezas, me suelta: "Normal, con esa pinta de bohemio
que tienes".
Sí, con esta pinta y con cuarenta y cinco años,
con un té en el cuerpo y sin ninguna cana ni entradas, más lustroso que un sol
radiante de primavera y un cuerpo terso, feliz y contento. ¿Cuánto dinero
cuesta eso? Seguro que ninguno de los dos tiene el suficiente como para
pagarlo. Por supuesto, esto no lo dije, pero lo pensé.
Moraleja, la zona confort del tren iguala niveles sociales
Por cierto, el vestuario muy bien, gracias.

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